El plano astral a fondo (2ªparte)

En la primera parte hablábamos de qué era exactamente el plano astral y qué escenarios podíamos encontrar allí. En esta segunda parte veremos algo más curioso todavía: quiénes son los habitantes humanos (ya que también los hay no humanos) del plano astral, cómo tratan de comunicarse con nosotros y qué sucede en las sesiones espiritistas.  Y lo haremos de nuevo de la mano del gran teósofo C.W. Leadbeater, el cual investigó estos temas durante toda su vida. [Las partes del texto entre corchetes son aclaraciones nuestras sobre el texto]Si tras leer el post te quedan dudas o quieres profundizar en este tema, puedes descargarte gratuitamente el libro completo en el que nos basamos pulsando aquí.

Extractos de “El plano astral” Por C.W. Leadbeater

Los habitantes humanos del mundo astral se dividen en dos secciones: los encarnados que todavía tienen cuerpo físico y los desencarnados o que ya no tienen cuerpo físico. También podemos considerarlos respectivamente vivientes y muertos en el mundo físico. Los primeros son los que durante la vida física pueden manifestarse en el plano astral, esto es, que son capaces de permanecer en uno y otro mundo. [En este post hablaremos de los habitantes humanos que ya no tienen cuerpo físico, esto es, fallecidos en el plano físico]. 

Ante todo conviene advertir que el calificativo de muertos dado vulgarmente a los seres humanos no vivientes ya en el mundo físico es en rigor absurdo, pues el ser humano siempre está vivo en uno o en otro mundo, y a menudo están mucho más vivos que nosotros los que llamamos muertos. Por lo tanto, este calificativo debe entenderse aplicado a los seres humanos que temporalmente carecen de cuerpo físico. Se subdividen en [algunas de las] clases siguientes:

LOS DISCIPULOS EN ESPERA DE REENCARNACION

Se ha expuesto en varios tratados teosóficos que cuando un discípulo llega a cierto grado de perfeccionamiento es capaz, con el auxilio de su Maestro, de eludir la acción de la ley natural que ordinariamente obliga a los desencarnados a obtener en el mundo celeste el resultado de la plena actualización de las fuerzas espirituales que con sus altas aspiraciones movilizaron durante su vida terrena. Como quiera que el discípulo ha de ser un hombre de pura conducta y altos pensamientos, lo más probable es que sus fuerzas espirituales sean de extraordinaria intensidad, y si fuese al mundo celeste o devachán, su permanencia allí sería sumamente larga, por lo que se prefiere seguir el Sendero de Renunciación, imitando, aunque de humilde manera, el ejemplo del Insigne Maestro de la Renunciación, Gautama el Buda, de suerte que emplea toda aquella almacenada energía espiritual en beneficio de la humanidad; y así, por infinitesimal que su ofrenda sea, participa modestamente en la gran obra de los nirmânakâyas. Al proceder de esta manera no cabe duda de que renuncia a siglos de intensa felicidad; pero, en cambio, tiene la inmensa ventaja de continuar sin interrupción su vida de progresiva actividad.  Cuando un discípulo se decide a renunciar al devachán, se desprende definitivamente del cuerpo físico en vez de desprenderse de él interinamente como hasta entonces tan a menudo hiciera, y espera en el plano astral a que su Maestro le disponga una nueva encarnación. Como quiera que este procedimiento se aparta muchísimo del ordinario, es preciso recabar licencia de una altísima autoridad para realizarlo; y aunque se obtenga, es tan potente la fuerza de la ley natural, que el discípulo ha de tener sumo cuidado en mantenerse estrictamente en el nivel astral, pues si por un momento siquiera tocara el plano evolución.

En algunos casos, por cierto muy raros, se le ahorran al discípulo las molestias de un nuevo nacimiento, infundiéndose en un cuerpo adulto cuyo poseedor ya no lo necesita; pero no siempre se encuentra un cuerpo a propósito en semejantes circunstancias. Lo más frecuente es que, como ya hemos dicho, espere el discípulo en el plano astral la eventualidad de un oportuno nacimiento. Pero entre tanto no pierde el tiempo, porque continúa siendo el mismo que siempre fue y es capaz de proseguir la tarea que su Maestro le encomendó aún más pronta y eficazmente que cuando actuaba en cuerpo físico, porque no tropieza con el estorbo de la posibilidad de fatiga. Actúa con plenitud de conciencia con igual facilidad en todos los subplanos del astral. No es el discípulo en espera de reencarnación una entidad muy frecuente en el mundo astral, pero se le encuentra ocasionalmente y por esto forma una de las nueve clases. Sin duda que según adelante la evolución humana y mayor número de individuos vayan entrando en el Sendero de Santidad, será más numerosa esta clase.

EL HOMBRE ORDINARIO DESPUÉS DE LA MUERTE

Desde luego que esta clase es millones de veces más numerosa que las ya citadas, y el carácter y condición de sus individuos varían entre límites enormemente distantes; y por lo tanto, también varía la duración de su vida astral, pues mientras algunos sólo permanecen allí unos cuantos días, y algunos tan sólo horas, otros están muchos años y aún siglos. Quien durante la vida terrena haya seguido una buena y pura conducta y cuyos más vivos sentimientos y aspiraciones hayan sido espirituales e inegoístas, no se aficionará al plano astral ni hallará en él gran cosa que le sirva ni que pueda ponerle en actividad durante el relativamente corto período de su estancia. Porque se ha de entender que después de la muerte del cuerpo físico, el Ego se retrae en sí mismo, y debe en cuanto le sea posible desechar también el cuerpo astral y pasar al mundo celeste, donde fructifiquen sus espirituales aspiraciones.

El hombre de noble conducta y puros pensamientos será capaz de hacerlo así porque subyugó durante la vida terrena las pasiones morbosas, dirigió su voluntad por superiores canales y le queda poca energía de siniestros deseos que haya de consumirse en el plano astral. Por tanto, su actuación allí será muy corta y lo más probable es que tenga una confusa conciencia hasta que caiga en el estado de sueño durante el cual el Ego se libre del cuerpo astral y entre en la beatífica vida del mundo celeste.

Para quien no ha entrado todavía en el Sendero de oculto desenvolvimiento, es un ideal cuanto acabamos de describir, pero no todos ni siquiera la mayoría llegan a realizar este ideal, pues la generalidad de las gentes no se libran de sus malos deseos antes de la muerte, y necesitan un largo período de más o menos plena conciencia en los subplanos del astral para que se extingan las fuerzas siniestras que engendró. Todo ser humano ha de pasar después de la muerte física por todos los subplanos del astral en su camino hacia el mundo celeste, aunque no se sigue de ello que haya de ser consciente en todos ellos.

[Cuando vamos avanzando por los subplanos astrales…] Así se explica que algunas entidades astrales que se manifiestan en las sesiones espiritistas adviertan que están a punto de elevarse a más altas esferas desde donde les será imposible o por lo menos muy difícil comunicarse mediúmnicamente; y, en efecto, es imposible que una entidad residente en el subplano superior del astral se comunique con un médium. Desde luego que, como quedó explicado anteriormente, los conceptos de ascensión, subida, paso, etc., son puramente convencionales, pues en realidad los planos y subplanos no están superpuestos ni escalonados como las capas de una cebolla o los peldaños de una gradería, sino que se interpenetran a pesar de la diferente densidad de sus materias.

En el ínfimo subplano del astral sólo permanecen los individuos que durante su vida terrena alimentaron pasiones siniestras y deseos brutales, los beodos habituales, los lujuriosos, avaros, egoístas y crueles. Permanecerán allí durante un tiempo proporcional a la intensidad de sus siniestras emociones, con terribles sufrimientos dimanentes de que sus torpes deseos son tan vivos como en la tierra y no pueden satisfacerlos, a menos que obsesionen a algún viviente en el mundo físico que alimente los mismos deseos y se valgan de su cuerpo físico para satisfacerlos. Los individuos de honesta conducta, poco hallarán probablemente que les retenga en el ínfimo subplano del astral; pero si sus pensamientos y deseos durante la vida física se enfocaron tenazmente en las cosas materiales y en los intereses, se detendrán en el sexto subplano atraídos todavía por los lugares que frecuentaron y las personas con quienes más íntimamente convivieron.

De análoga índole son los subplanos quinto y cuarto, pero ya no le atraen tan intensamente al desencarnado las cosas del mundo terrestre, y propende a modelar su ambiente en relación con la índole de su más persistente pensamiento. En el tercer subplano advertimos que sus habitantes viven en imaginarias ciudades, aunque no cada individuo en la por él imaginada, sino en herencia y ampliación de las imaginativamente construidas por sus predecesores. Allí se encuentran iglesias, escuelas y casas de la tierra de verano o país estival tan a menudo descritas en las sesiones espiritistas; pero al observador viviente en la tierra que visita dicho subplano no le parecen semejantes construcciones tan reales y hermosas como las consideran sus creadores. El segundo subplano parece la especial residencia del tartufismo religioso, de los clérigos y prelados egoístas y de nula espiritualidad que se ufanan de sus lujosos ornamentos y se jactan de ser la personal representación de la particular deidad de su país y de su época. El primer subplano parece estar particularmente apropiado a quienes durante la vida terrestre se entregaron a investigaciones intelectuales de tipo materialista, no precisamente en beneficio de la humanidad, sino más bien por motivos de ambición egoísta o por deporte y entretenimiento intelectual. Tales individuos permanecen durante largos años en este primer subplano, gozosos en la resolución de sus problemas intelectuales, pero sin beneficiar a nadie, y adelantando muy poco en el camino hacia el mundo celeste.

Se ha de entender, según queda dicho, que la idea de espacio abierto no se ha de asociar en modo alguno con estos subplanos. Una entidad desencarnada que actúe en uno de los subplanos del astral, podrá trasladarse al punto de la atmósfera terrestre a donde le lleve su pensamiento; pero, no obstante, el traslado de lugar no será capaz de enfocar su conciencia en el subplano inmediatamente superior hasta cumplido el proceso de desasimilación ya explicado.

Digamos de paso que la comunicación mutua de las entidades astrales está limitada, como en el mundo físico, por el conocimiento individual, es decir, que sólo se comunican y tratan y se relacionan entre sí los individuos que tienen las mismas ideas, el mismo idioma y las mismas simpatías, mientras que un discípulo es capaz de usar su cuerpo mental para comunicar sus pensamientos a las entidades humanas más fácil y rápidamente que en la tierra por medio de impresiones mentales. La poética idea que considera la muerte como la niveladora universal es un absurdo nacido de la ignorancia, pues en la inmensa mayoría de los casos la pérdida del cuerpo físico no altera el carácter moral e intelectual del individuo, y de aquí que entre los habitantes desencarnados del mundo astral haya la misma variedad de mentalidades y moralidades que observamos en el mundo físico.

Las vulgares enseñanzas religiosas de Occidente respecto a la escatología humana, o como se dice en términos teológicos de los novísimos o postrimerías del hombre, han sido y siguen siendo tan inexactas, que aun individuos de clara inteligencia se encuentran terriblemente perplejos al recobrar la conciencia en el plano astral después de la muerte física. La condición en que se ve el recién llegado difiere tan radicalmente de cuanto se le enseñó a esperar, que muchos se resisten a creer que hayan muerto. Tan escaso valor práctico tiene la jactanciosa creencia vulgar en la inmortalidad del alma, que gran número de individuos considera el hecho de estar todavía conscientes, como una prueba absoluta de que no han muerto.

Pero cualquiera que sea el grado de inteligencia de la entidad astral, fluctúa continuamente, porque la mente inferior está influida en opuestos sentidos por la naturaleza espiritual que actúa en los niveles superiores y las potentes fuerzas del deseo que actúan desde abajo. Por lo tanto, oscila la mente inferior entre las dos atracciones, aunque con siempre creciente tendencia hacia la naturaleza superior a medida que se van debilitando hasta extinguirse las fuerzas del deseo. Aquí interviene una de las objeciones contra las sesiones espiritistas. Un individuo sumamente ignorante o muy degradado, podría aprender mucho y bueno, puesto en contacto con una reunión de personas estudiosas presididas por un instructor prestigioso; pero en la generalidad de los individuos de la clase que consideramos, la conciencia se está transfiriendo de la naturaleza inferior a la superior, y para que desde el mundo físico le ayuden a evolucionar es necesario distraer de su pasivo estado la naturaleza inferior y reavivarla para ponerla en contacto con un médium.

Aparte de la influencia que de un médium pueda recibir una entidad astral, hay otra mucho más frecuente capaz de retardar el progreso de una entidad desencarnada en su camino hacia el mundo celeste. Esta siniestra influencia es la de la aguda e irreprimible pena que por la pérdida del ser amado experimentan sus parientes y amigos. Este es uno de los muchos tétricos resultados de la tremendamente equivocada e irreligiosa idea desde hace siglos dominante en Occidente acerca de la muerte, que no sólo ocasiona intenso e innecesario duelo por la temporaria separación de los seres amados, sino que la aguda afición de los que se quedan perjudica grandemente al que se marchó del lado de los suyos. Cuando nuestro desencarnado hermano, si cumplió como bueno durante la vida terrena se sume pacífica y naturalmente en la inconsciencia que precede a su despertar en los esplendores del mundo celeste, le perturban las vibraciones de los llantos, lamentos y gemidos que renuevan el recuerdo de las cosas del mundo que acaba de dejar.

Convendría que cuantos pierden temporalmente a un ser amado se convencieran del deber en que están, en beneficio del mismo ser amado, de [elaborar su duelo y dejarlo ir, ya que el dolor más alargado de lo normal] es esencialmente egoísta. No quiere esto decir ni mucho menos, que las enseñanzas ocultas aconsejen el olvido de los muertos; antes al contrario, afirman que el afectuoso recuerdo de los que ya salieron de este mundo es una fuerza que, acertadamente dirigida en el sentido del ferviente deseo de que llegue pronto al mundo celeste, le será sumamente provechosa, mientras que las quejumbrosas lamentaciones y los copiosos llantos no sólo son inútiles, sino perjudiciales. Con seguro instinto prescribe la religión hinduista las ceremonias fúnebres del shraddha y la Iglesia Católica las oraciones por los difuntos.

Sin embargo, sucede a veces que el deseo de comunicación proviene del desencarnado, por la necesidad en que se encuentra de advertir algo de excepcional importancia a los que dejó en la tierra, aunque más a menudo el deseo de comunicación es trivial; pero sea como sea, si está firmemente arraigado en el ánimo del difunto, conviene que pueda realizarlo, pues de lo contrario la ansiedad mantendría atraída constantemente su atención hacia las cosas de la tierra, estorbándole el paso hacia el mundo celeste. En tal caso un psíquico capaz de comprenderle o un médium que le sirva de instrumento de comunicación, podrán prestarle un verdadero servicio.

Acaso se pregunte por qué el difunto no puede hablar o escribir sin el auxilio de un médium. La razón es que un estado de materia sólo puede actuar sobre el estado inmediatamente inferior, y como el difunto no tiene en su organismo otra materia densa que la de su cuerpo astral, le es imposible provocar vibraciones sonoras en el aire ni mover un lápiz sin tomar prestada materia etérea, que es la inmediatamente inferior a la astral, con la que puede transmitir un impulso desde el plano astral al plano físico. No puede sustraer esta materia de una persona normal cuyos principios están íntimamente enlazados porque no dispone de medios suficientes para separarlos; pero como la característica de la mediumnidad es la fácil separación de los principios constituyentes del hombre, puede extraer sin dificultad de un médium la materia que necesita para manifestarse.

Cuando la entidad desencarnada deseosa de comunicación con los encarnados no encuentra un médium a propósito o no sabe cómo valerse de él, hace chapuceros y desatinados esfuerzos para comunicarse por su cuenta y la intensidad de su deseo pone en ciega actuación fuerzas elementales de que resultan las incoherentes manifestaciones del repiqueteo de timbres, lluvia de piedras, movimiento de muebles, etc. Si por acaso un psíquico o médium va a la casa donde semejantes manifestaciones se producen, puede ser capaz de averiguar qué entidad es la causante y recibir su comunicación, dando con ello fin a las perturbaciones. Sin embargo, no será siempre este el caso, pues las fuerzas elementales pueden ponerse en acción por varias causas.

LA SOMBRA

Cuando el Ego con sus principios superiores se separa definitivamente del cuerpo astral, termina la vida astral y pasa al mundo o condición devachánica. Así como en la muerte física se desprende el Ego del cuerpo físico, así en la muerte astral desecha el cuerpo astral, que también se desintegra como se desintegró el físico. Si el Ego se purificó completamente de todo deseo mundano y de toda pasión siniestra durante la vida terrena, y dirigió sus energías por la línea de la inegoísta aspiración espiritual, quedará revestido del cuerpo mental como externa envoltura, y el desechado cuerpo astral será un cadáver como un tiempo lo fue el desechado cuerpo físico.

Aun en el caso de un individuo que no haya sido tan virtuoso durante la vida física, se logrará casi el mismo resultado si las fuerzas de los siniestros deseos y pasiones se agotan durante la vida astral. Pero la inmensa mayoría de los humanos hacen tan sólo débiles y fríos esfuerzos durante la vida terrena para reprimir y rechazar los nocivos impulsos de su naturaleza inferior, y en consecuencia se condenas a una más prolongada estancia en el plano astral y también a la pérdida de una porción de su mente inferior. Desde luego que esta frase es un método material de expresar el reflejo de la mente superior en la inferior; pero se tendrá más clara idea de lo que efectivamente sucede si adoptamos la hipótesis de que la mente envía una parte de sí misma a la personalidad de cada encarnación, y espera reintegrarla al fin de la vida terrena, enriquecida con todas sus variadas experiencias. Pero la mayoría de las gentes se esclavizan tan lastimosamente a sus bajos deseos, que una porción de su mente inferior se entreteje tan íntimamente con el cuerpo astral, que con él se separa del Ego.

Por lo tanto, en este caso el desechado cuerpo no sólo constará de materia astral, sino también de las partículas de materia mental con ella entretejidas y que por decirlo así quedaron arrancadas de la mente inferior. La proporción de materia astral y materia mental inferior contenidas en el desechado cuerpo depende del grado en que la mente inferior se ha entretejido con las pasiones siniestras y bajos deseos. La combinación de ambas clases de materia es tan fuerte, que al pasar el desechado cuerpo por los subplanos del astral no puede separarse la parte mental. Así se pone en existencia una temporánea entidad llamada “La Sombra”, que no es en modo alguno el Ego o verdadero ser humano, que pasó al mundo celeste; pero que, no obstante, ofrece la misma apariencia de la personalidad que tuvo en la tierra, y conserva su memoria y sus extremas características hasta el punto de que se puede confundir con la entidad real como en efecto suele confundirse en las sesiones espiritistas.

Desde luego que esta sombra no es capaz de personificación en el sentido de atribuirle conciencia; pero sus reminiscencias simulan la verdadera entidad y cabe suponer el horror de los parientes y amigos del desencarnado si supieran que la pretendida manifestación del ser querido no es más que un inanimado manojo de sus inferiores cualidades.

La duración de la sombra varía según la cantidad de materia mental que contiene, y como está en continuo proceso de desintegración, van debilitándose sus vibraciones, aunque por sintonización puede comunicarse substrayendo algo de la materia mental del médium que le sirve de instrumento. También por sintonización es capaz la sombra de que la afecten todas las corrientes malignas y por su propia índole es incapaz de responder a las corrientes armónicas. Por esta circunstancia se presta fácilmente a que la manejen en su provecho los magos negros de inferior categoría. Al desintegrarse la sombra, la materia mental que contuvo se entrefunde con la masa del plano mental sin pasar a formar parte del cuerpo mental de ningún individuo.

EL CASCARON

Es el cadáver astral en el último grado de desintegración, cuando ya no le queda ninguna partícula de materia mental. Carece por completo de inteligencia, porque le faltan las vibraciones de la materia mental y las corrientes astrales lo arrastran como nube empujada por el viento; pero si llega a ponerse en contacto con el aura de un médium, puede quedar momentáneamente galvanizado en una lívida carátula de vida, con los mismos rasgos fisonómicos de la persona a que perteneció y aun puede reproducir las expresiones familiares o muletillas y el carácter de letra de la persona desencarnada, por la automática acción vibratoria de sus partículas materiales que tienden a reproducir la modalidad de acción a que estuvieron habituadas, y si acaso denota el cascarón algo de inteligencia, no es la de la verdadera entidad, sino la tomada sintónicamente del médium o del guía, según las circunstancias.

Sin embargo, el cascarón queda más frecuentemente vitalizado por el medio descrito al tratar de la sexta clase, y también tiene la propiedad de responder automáticamente a las vibraciones groseras a que estuvo acostumbrado en su existencia como sombra; y por tanto, los individuos en quienes predominen los siniestros deseos y morbosas pasiones estarán expuestos, si asisten a las sesiones espiritistas, a que se intensifiquen por la maligna influencia del cascarón, pues cada cosa atrae a su semejante.

También hay un cascarón etéreo o sea el cadáver de la parte etérea del cuerpo físico, que ha de desintegrarse como éste; pero entre tanto, no flota de aquí para allá como el cascarón astral, sino que permanece a unos cuantos metros de distancia del cadáver denso, y pueden percibirlo las personas muy sensitivas, de donde provienen los relatos de fantasmas y aparecidos en los cementerios. Un psíquico notablemente desarrollado verá en los cementerios de las ciudades populosas centenares de formas espectrales blancoazuladas de consistencia nebulosa que planean sobre las sepulturas donde yacen los cadáveres de que recientemente se desprendieron, y como también se hallan en proceso de desintegración no es muy agradable el espectáculo.

El cascarón etéreo carece asimismo de conciencia e inteligencia, aunque a veces, en determinadas circunstancias, se puede galvanizar en una horrible forma de vida temporánea, por influencia de los repugnantes ritos y ceremonias de la más abominable y nefanda especie de magia negra. Así vemos que en su marcha ascensional hacia el mundo celeste, le hombre desecha el cuerpo físico en sus dos partes, densa y etérea, y el cuerpo astral, que se van desintegrando, y su materia vuelve de nuevo a los respectivos planos para servir a la admirable química de la naturaleza.

SUICIDAS Y VICTIMAS DE ACCIDENTES

Tácitamente se comprende que un individuo arrebatado de súbito a la vida física por suicidio o accidente en plena salud y vigorse hallará en el plano astral en condiciones muy distintas de las en que se encuentran los que mueren de vejez o enfermedad. Cuando el individuo en estos últimos años tiene sobrado tiempo de prepararse a bien morir, seguramente se le debilitan los deseos por las cosas de la tierra, y al morir se habrían eliminado ya las partículas groseras de su cuerpo astral, de modo que se encontrará en el sexto o el quinto subplano o acaso en el cuarto, porque el reordenamiento ha sido gradual y sin bruscos choques.

Pero en el caso de muerte repentina por accidente o suicidio fulminante, el individuo no ha tenido tiempo de predisponerse a la muerte, y la violenta separación del Ego del cuerpo físico se ha comparado acertadamente al brusco arranque del hueso de una fruta verde. El cuerpo astral contiene todavía muchas partículas groseras, y en consecuencia el individuo desencarnado se encuentra al morir en el séptimo subplano del astral. Sin embargo, los que mueren de accidentes y han observado durante toda su vida recta y noble conducta, no tienen tendencia al séptimo subplano, y por lo tanto pasan el tiempo que han de permanecer allí, según dice una primitiva carta sobre el asunto, “en feliz ignorancia y completo olvido, o en un estado de tranquila somnolencia henchida de rosados ensueños”. Por el contrario, si el individuo muerto violentamente fue en vida egoísta, cruel y lujurioso, se encontrará en el séptimo subplano del mundo astral, e inflamado por sus siniestras e indomadas pasiones, arriesga convertirse en maligna y terrible entidad, mas como ya no tiene cuerpo físico por cuyo medio satisfacer sus groseros apetitos, se vale del de un médium o de una persona de frágil voluntad y muy sensitiva a la que pueda obsesionar, de suerte que se deleita en la práctica de todos los artificios ilusorios que aquel subplano pone a su disposición para inducir a los incautos vivientes en el mundo físico a cometer los excesos que tan funestos le fueron.

De la misma carta aludida entresacamos el siguiente pasaje referente a dichas entidades: “Estos son los pisacas, los demonios íncubos y súcubos mencionados por los escritores medievales, demonios de la lujuria y de la gula, de la avaricia y de la crueldad, de la astucia y la hechicería que inducen a sus víctimas a cometer horribles acciones y se huelgan en la comisión”. A esta clase pertenecen los demonios tentadores a que aluden las religiones; pero su poder se estrella contra el broquel de una mente pura, un ánimo noble y una conducta impecable de alta espiritualidad, pues nada pueden contra un viviente en el mundo físico, a menos que haya alimentado los vicios que la entidad obsesionante trata de intensificar. Un psíquico que haya actualizado la visión astral, verá bandas de estas desgraciadas entidades rondando en torno de los mataderos y carnicerías, de los tabernuchos, de los prostíbulos y otros lugares de los barrios bajos de las ciudades en dónde hallan el grosero ambiente en que se gozan, y se ponen en invisible contacto con vivientes de su misma calaña mental. Para una de estas entidades es tremenda desgracia el encuentro con un médium de su misma índole, porque no sólo prolongará enormemente la duración de su deplorable vida astral, sino que irá generando indefinidamente mal karma y preparándose para una futura mental. Pero si tiene la fortuna de no encontrar ningún médium ni persona sensitiva a quienes obsesionar, sus vicios y deseos pasionales se irán consumiendo lentamente por falta de satisfacción, y el sufrimiento que le cause este proceso llegará probablemente a agotar el mal karma de la vida pasada en la tierra. La situación del suicida es más complicada porque su acto menoscaba enormemente el poder del Ego de llevarse consigo los principios inferiores, y por lo tanto lo expone a múltiples y ulteriores peligros; pero se ha de considerar que el suicidio admite muchos grados, desde el moralmente intachable de Sócrates y Séneca, hasta el nefando crimen del malvado que se quita la vida para eludir las consecuencias de sus viles fechorías.

Conviene advertir que tanto las entidades de esta clase como las sombras y los cascarones vitalizados son los que se llaman vampiros menores, porque para prolongar su existencia siempre que se les depara ocasión absorben o chupan la vitalidad de los vivientes a quienes obsesionan y aun a los que están en su esfera de influencia. De aquí que tanto el médium como los circundantes salgan debilitados de una sesión espiritista. Al estudiante de ocultismo se le enseña la manera eficaz de contrarrestar y vencer tan malignas influencias, pero sin este conocimiento es muy difícil evitarlas, y quien se coloque en su campo de fuerza quedará más o menos influido por ellas.

EL MAGO NEGRO Y SUS DISCIPULOS

Esta entidad corresponde al extremo opuesto de la escala en que se halla el discípulo en espera de reencarnación; pero en el caso del mago negro, en vez de recabar licencia para emplear un método extraordinario de progreso, desafía el natural proceso de la evolución, manteniéndose en la vida astral por medios de la más horrible índole. Fácil sería establecer varias subdivisiones de esta clase según su objeto, sus métodos y la posible duración de su existencia en el mundo astral; pero como no son agradables temas de estudio y todo cuanto le conviene saber al estudiante es la manera de evitar el encuentro de estas entidades, será más interesante pasar al examen de otra parte de nuestro estudio. Baste saber que toda entidad humana que se esfuerce en prolongar su vida astral más allá de sus naturales límites ha de hacerlo a costa de la vitalidad substraída a otros seres humanos.

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